El orden

Tengo que admitir que, aunque siempre me ha gustado el orden (ese orden del espacio que tanto se parece al orden de espíritu), no soy una persona particularmente ordenada.

Cuando me fui a vivir sola, me pasaba toda una mañana limpiando y recogiendo cosas (“cada cosa en su sitio”) para luego pasar el resto de la semana desordenándolo todo. Cuando ya no lograba encontrar nada, otra vez una panzada de limpieza y orden para volver a la casilla de inicio.

La cosa se complicó un poco cuando pasamos a ser dos personas en casa (todo se desordenaba antes) pero, como nos queríamos, nos pegábamos las panzadas de limpieza juntos, y más o menos todo funcionaba.

La llegada de los niñ@s lo cambió todo. Mi hija mayor llegó, no con un pan bajo el brazo, sino con todas esas cosas que pensamos que son tan necesarias cuando tienes un niñ@. Cuna, carrito, ropa, regalos, libros… Primero pensé que era una fase, pero el tiempo fue pasando y la verdad es que mi casa nunca volvió a ser la que era.

Para no volvernos locos, tuvimos que pasar a una versión nueva del “cada cosa en su sitio”, algo así como “cada cosa en su sitio cada vez que la usas”, y no irnos a dormir sin colocar ciertos objetos en su sitio (aquellos que más rabia nos da encontrarnos por el suelo).

lego

No es que ahora tengamos la casa más ordenada del mundo – Marie Kondo no nos va a dar ningún premio – pero algo más que antes sí, desde luego.

Una de las cosas interesantes de compartir la casa con au pairs, es lo diferentes que son entre ellas. Algunas se parecen más a mí cuando era joven, y sé que nuestro sistema les parece un poco excesivo. Las identifico rápido porque no tienen ninguna dificultad en saltar por encima de un juguete que se encuentran por el suelo. Lo que les cuesta, porque no les entra en la cabeza que sea importante, es agacharse a recogerlo.

Otras, a pesar de su juventud, nos han enseñado un par de cosas a nosotros sobre el orden. Recuerdo una chica que recogía y limpiaba la cocina al tiempo que cocinaba, de forma que, al final de la comida, lo único que quedaba por fregar eran los platos y vasos. Me pareció francamente fantástico, aunque nunca he sido capaz de replicar su sistema del todo.

En nuestro caso, para que el método funcione, necesitamos el apoyo de todas las personas que forman parte de nuestra vida. Nos hemos dado cuenta de que lo más importante para conseguir este apoyo es no intentar abarcar demasiado, que es más fácil recordar cinco reglas que cincuenta. Algunas que nos ayudan a nosotros:

  1. Los niñ@s recogen los juguetes antes de irse a dormir. Para que esto sea mínimamente viable, la au pair tiene que ayudar a gestionar las actividades de la tarde para que, en vez de haber 2500 cosas por el suelo, únicamente haya 25 a la hora de irse a dormir.
  2. El lavavajillas nunca descansa del todo. El primero que llega cuando el lavavajillas ha terminado, lo vacía. Del mismo modo, los platos sucios nunca se acumulan en el fregadero, sino que se meten en el lavavajillas hasta que está lo suficientemente lleno para ponerlo en marcha.
  3. A los abrigos y zapatos les encanta acumularse. Cuando se entra en casa, se colocan inmediatamente en un sitio específico, para evitar este efecto contagio.
  4. Sábanas y toallas un día fijo. En casa las sábanas y toallas de toda la familia se lavan el mismo día, por simplicidad y para ahorrar agua.
  5. La mesa de la cocina no es la oficina de objetos perdidos. Tengo que admitir que esta nos sigue dando problemas en casa. Cada vez que me descuido, volvemos a las andadas: llaves, trozos de juguete sin identificar, piezas de puzzle olvidadas, correo sin abrir… todo corre el riesgo de acabar aquí.

 

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